Historia de un episodio psicóticoSin categorizar

LA “LOCURA”: UN EXTREMO DE LA PLENA LUCIDEZ. PARTE 6

By 21 octubre, 2015 No Comments

Parte 6: Encontrando la paz en un hospital psiquiátrico

Pasando el estado de locura en Londres

Pasando el estado de locura en Londres

Me solicitaron que me fuera al hospital con ellas, cogí una bolsa en la que tenía mi visa, la de mi perro y un regalo que le quería mandar a la profesora titular. No quería que me acompañará nadie, pero por regla debía aceptarlo, yo sentía que la persona que iba conmigo controlaba la mente y quería que ocurriera un accidente, así que el camino al hospital fue una tortura mental para mí.

Para ese entonces varios sucesos interesantes. Le empecé a hablar muy mal a mi mamá de una amiga, con quien yo no sabía que estaba haciendo la cadena fuerte de oración, una tía me hablaba de abrazar árboles descalza y yo salía a mi jardín a hacer caso del ritual. En una ocasión no sé porque vi saltando a un conocido con una pelota de tenis escondida para hacer que mi perro ladrara, realmente hechos para los cuales no tengo la explicación. Finalmente la película Despicable me 2, según mi estado actual, fue una muestra de todo lo que me estaba pasando. Me estaban envenenando por medio del shampoo y un video bastante interesante al cual la única explicación se llamaba recuperar mi libertad. Finalmente mi mamá  y su canción Vivir mi vida de Mark Anthony dejó una huella de incordio en las personas con las que vivía, en el hospital y hasta en el centro psiquiátrico, pues escuchar una canción por más de 9 horas debe ser un poco molesto.

Llegamos a las 9:30 de la mañana al hospital general. Lo único que yo pedía era que me regresaran a Colombia. Me empezaron a hacer muchos exámenes, tuve entrevista con psicólogas, médicos, enfermeras. Todos parecían entender mi situación, o simplemente sabían cómo llevarme la cuerda. Luego me trasladaron a un salón, que tenía un vidrio oscuro al costado izquierdo, había una silla reclinable súper cómoda, nevera, alimentos, un televisor. Yo solo me sentía segura y completamente a salvo. Las dos personas que me acompañaban estaban en un estado de desesperación absoluto y la cosa empeoraría cuando di una respuesta que no se esperaban.

  • Señorita Cooper, le trasladaremos todo el equipo médico a su casa, para que desde su hogar pueda tener el tratamiento que requiere, solo necesitamos su aprobación y podrán irse de acá.

Eran como las 9 de la noche y mi respuesta fue No. Yo de acá no me voy, en mi casa me hacen daño, no estoy segura. Prefiero que me lleven a un hospital por favor. Hubo gritos, peleas, no podían comprender mi decisión. Otras 3 horas nos tendrían en esa sala de análisis pues claramente habían dado la orden que me tenían que llevar a un hospital público porque no iban a pagar un tratamiento privado por nada del mundo. Yo dormí, comí, realmente pude descansar mentalmente. Salí al baño y vi gente entrar a una puerta que daba al cuarto donde nos observaban. Por un momento imaginé que mi familia saldría de ahí para darme una gran sorpresa. Lo único que yo quería era abrazar a mi mamá.

Se llegó el gran momento. 12 de la media noche, pasillos oscuros, me subo a una ambulancia y nos dirigimos a unas casas de muchos ladrillos. Me despido con miedo y un hombre de ojos verdes me recibe. Todo oscuro, con un olor peculiar, me pregunta que si quiero comer. Le digo que sí y vamos a la cocina. Me prepara tostadas con mermelada y un vaso de leche me entrega, cuando lo miro para recibir ocurre la magia de mi estadía en ese lugar. Empiezo a ver a los extraños, como personas que conozco. Sus cuerpos eran de esos extraños, pero internamente yo pensaba que eran mis conocidos, así que el miedo se opacó por un sentimiento de alivio. Me senté en el comedor, y recuerdo los rostros de los cuadros de esa sala, daban miedo, eran caras extrañas, hasta donde puedo recordar. El personaje me llevó a mi cuarto y cuando cerró la puerta la soledad que sentí me invadió para atacarme a llorar sin control. Hice una llamada de auxilio y al otro lado del celular la respuesta fue pide una pastilla para dormir y acuéstate. Realmente no quería tomar nada, y Dios mío solo protégeme y líbrame, pero si alguna vez en la vida vuelvo a pasar por una situación similar solo pido que no me den esos medicamentos, lo único que necesitaba era comer, dormir y mucho amor de familia. Por favor muéstrame estas líneas para ser consiente que lo único que estaba haciendo era dilatar una decisión que me daba miedo tomar y a gritos pedía atención.

Así fue como empezó mi día 1 en un hospital psiquiátrico en Londres. Me levanté asustada, salí en pijama a la sala. Gente bastante particular se encontraba haciendo la fila para desayunar. Cuando tenía mi plato, me senté en una mesa con un joven como de 25, un señor como de 56 y una señora como de 54. Cuando me metí el primer bocado, la magia empezó, a los tres los conocía, era la familia con la que vivía en Londres. Su apariencia física, como lo explicaba anteriormente, era la del extraño, pero yo creía que internamente eran mis conocidos.

Las horas en ese lugar pasaban despacio, ya había perdido noción de todo, solo sabía que eran las 5 porque empezaban a llegar las visitas. Tristemente a mí me acompañaba mi soledad. No tengo explicación alguna para esos días en los que mi única compañía era la familia de otros, mi celular, escuchar la voz de mi mami por segundo y a algunos familiares. La desesperación se empezó a adueñar de mis pensamientos y una tristeza infinita me hacía doler el alma. Quería escaparme de ahí. Me sentaba en la entrada y analizaba lo que pasaba. Llegué a pensar en escaparme al momento que entraban la fruta. Me sentía en un juego de retos, cómo si tuviera que pasar pruebas para poder lograr mi libertad. Y dentro del juego los participantes eran todos los que estábamos en ese lugar, a todos los relacionaba con alguien conocido. Una de las psiquiatras tenía unas llaves siempre en el cuello y sonaba como el sonajero de mi perro Maximus, así que para mí hasta él me acompañaba, ella me daba seguridad. Se crearon dos bandos, los de Inglaterra y mi familia y amigos de Bogotá. Entre más sentía atacada mi integridad aumentaba la gente que llegaba de mi bando. Uno de los internos no me quitaba la mirada de encima, decía palabras obscenas, me señalaba con la mano, realmente me producía mucho pavor. Esa fue una de las causas por la cual no podía conciliar el sueño, sentí que me seguí a donde fuera y que realmente si encontraba la oportunidad me haría mucho daño. Por eso me la pasaba cerca de la recepción o de alguno de los médicos o staff que me daba paz y tranquilidad.

La situación se empezó a agudizar, no recuerdo si hablé con mi tía y simplemente tenía dentro de los cajones de mi cerebro esa información, ya les explicaré esa teoría mía sobre lo que me pasó, pero empecé a repetir mantras. El Om! llamó la atención de muchos y se me sentaban al lado a repetir lo mismo. Créanme por horas y cuando me refiero a horas son bastantes lo repetíamos. Sin embargo, paré porque colocaba agresivo al niño que me asustaba. Lo llamaré el del saco rojo porque siempre tenía su saco puesto. Así que paré por temor a una mala reacción. Llegó la noche y con ella mi necesidad de supervivencia. Siempre he tenido una cualidad y en ese lugar comprobé lo buena que era para leer a la gente y tratarla según mi análisis. Para algunos será doble, para mí inteligente. Yo sé cómo hablarle y expresarme con cada persona que me relaciono, así que todo el día había aplicado mi poder. Cuando la luz del sol se había difuminado por completo y la única luz que nos acompañaba era la del recinto donde nos tenían encerrados decidí acercarme a ellos. En especial a mi mayor miedo, el del saco rojo. Me di cuenta que le gustaba mucho escuchar música, en la sala teníamos dos computadores y él se la pasaba escuchando rap y reggae. Así que saqué mis audífonos, escogí una canción de Bob Marley y se la puse a escuchar. Saco rojo se puso feliz, empezamos a cantar y los otros se empezaron a acercar como una manada de hienas, temerosas pero hambrientas de interacción social. Nos conocimos y hasta bailes comenzamos a hacer. Yo me encontraba en una etapa de desprendimiento total así que a saco rojo le regale mis audífonos.

Pese a la relación establecida, el miedo no me dejaba en paz, me seguía peor que mi propia sombra, por lo menos ella no estaba conmigo día y noche. Me quedaba en la sala, escribía mucho como atando cabos de esa maldad que se construía en mí cabeza y cuando encontraba respuestas los implicados aparecía en forma de desconocido y me enfrentaba a ellos, cada vez más y más desafiante.

Cuando el psiquiatra o las enfermeras llamaban para la medicina, era como en un jardín llamando para dar dulces, gracias a Dios hasta el final consumí esa horrible toxina para mi cuerpo, no nos obligaban ellos iban voluntariamente como perritos bien educados.

En este espacio les voy a hablar un poco de mi teoría de los cajoncitos. Es como si toda la información que estallo para que terminara internada en un hospital psiquiátrico se encontrara en esos cajoncitos de mi cerebro custodiados por puertas, y una tormenta de emociones y decisiones erróneas tumbaron las puertas y mucha información se salió de los cajones para unirse a la corriente. Así fue como las palabras de esa psicóloga a la que mi papá Manuel me llevó cuando era una adolescente y me dijo en pocas palabras que podía controlar el clima se quedaron en esos cajones para salir por ese río de pensamientos que de un simple vistazo parecía incoherentes. Si señores yo podía controlar el clima, un poder bien interesante.

Pero no se me asusten mucho es como si en esa tormenta lo de los cajoncitos se hubiera mezclado y mi mente ya no sabía que era de la realidad, la ficción, en medio del caos la única alerta que tenía era sobrevivir. Si una o dos veces llegué a pensar que mis días estaban contados, fue mucho porque la ganas de salir y abrazar a mi familia era más fuerte. La mente no era estúpida, era demasiado estratégica. Así que ella lo tenía todo fríamente calculado.

Mis días continuaban conociendo gente muy particular. Mis post en Facebook y en Twitter confundían cada vez más a mi familia y amigos. Hasta que se dio la orden de quitarme el celular, porque me tomaba fotos con mis nuevos “amiguis”. En medio de una pelea, y mirar horas eternas por la ventana que daba a un jardín decidí orar el Ave María. Fue mi mantra protector por antonomasia. Mi amigo saco rojo al escucharla sintió paz y se unió a mí solo para escucharme. Cuando se levantaba desesperado o se lo llevaban a la fuerza yo lo acompañaba con la oración y se calmaba. Un día no quiso ir a recibir su medicina por quedarse conmigo y compartimos en el silencio la amargura del encierro.

Uno de esos 9 días, la mañana empezó como de costumbre. Haciendo fila para el desayuno, cuando de repente el que servía el desayuno era mi papá Manuel. Sus ojos fueron una vitamina que me reconfortaba cada día porque sentía su protección. Mi mamá también tomó el alma de una paciente que me respaldaba y con la que me sentaba a llorar. Peter hacia parte de la gerencia que trataba contactarme con mi familia. Mi tía pilar era una de las terapeutas que tenía un alma completamente angelical. Y muchos otros personajes hicieron parte de la parodia de mi vida.

Luego de varias noches de agonía en donde el insomnio me abrazaba y no me dejaba en paz tuvieron que obligarme a tomar pastillas para dormir, sin embargo sola en mi habitación logre escupirlas pero el sueño me ganó y como si un batazo me hubieran dado en la nuca la profundidad del sueño me atrapó y por fin logré caer en sus redes.

Al otro día me levanté y con todo el ánimo del mundo me bañé. Para ser sincera no recuerdo la última vez que el agua había recorrido mi cuerpo así que en el éxtasis de la limpieza y como un río que se lleva impurezas y malos pensamientos  ese día nuevamente una luz apareció. Por la tarde nos hicieron un taller de manualidades y recuerdo que a la mujer que más rabia le tenía dentro del lugar (para mí era la mujer con la que vivía en Londres) decidí hacerle un corazón bordado con hilos para sanar desde lo profundo y no cargarme con tanta energía negativa. Cuando nos hicimos entra de lo que habíamos elaborado la sorpresa fue que mutuamente nos entregamos nuestra manualidad, un acto hermoso de perdón y reconciliación. El ambiente del lugar se tornó ameno y todo empezaba a encajar nuevamente.

Llegó gente nueva, con historias de vida muy enriquecedoras e ideales ambiciosos. Hoy me pregunto ¿Quién definió la locura? ¿Serán locos los de los manicomios o estarán peor los de afuera? ¿Estábamos en ese lugar por pensar diferente? ¿Estábamos ahí por tener sueños remotos? ¿Por salirnos de los paradigmas de la sociedad y ser auténticos?  La única respuesta que tengo es que gracias a Dios estaba en Londres porque si me pasa en Colombia mi historia sería muy diferente. En Londres entienden y comprenden que a 1 de cada 4 personas les da un trastorno mental y por eso el trato es con dignidad inclusive en una institución pública.

La hora final llegaba y a muchos a la cueva sin salida empezaban a mandar mientras otros felices les daban salida. Mis esperanzas se agotaban y me resignaba a ser parte del lugar. Me acoplé, huir ya no era una opción, entablé amistades así que ese infierno se estaba convirtiendo en mi hogar.

Hoy soy consciente del momento que se viene a continuación, pero ese día me dio igual.