En esta época de luces brillantes y espíritu festivo, la Fundación Fruto Bendito decidió tejer hilos de amor y esperanza para los pequeños corazones del Idipron. En medio del bullicio navideño, donde las sonrisas se multiplican y los corazones se ablandan, esta fundación decidió convertir la Navidad en un cálido abrazo para los niños y niñas que más lo necesitaban.

 

El Idipron, un espacio donde la vida teje historias de superación entre risas y lágrimas, acoge a estos veinticuatro valientes, hijos de padres que enfrentan dificultades extremas: privación de libertad o dedicación al trabajo sexual. En su mayoría, son cuidados con amor incondicional por sus abuelos, quienes día a día escriben capítulos de amor y resiliencia en sus vidas.

 

La emoción se hizo cómplice de cada paso en esta noble misión. Oscar y yo, en representación de la fundación, nos sumergimos en el mundo mágico de la infancia al elegir los regalos. Recordando nuestras propias alegrías al desenvolver los obsequios, seleccionamos carros de control remoto, completos sets de explorador de dinosaurios y animales con movimiento, permitiendo a estos niños explorar, aprender y soñar con un futuro repleto de posibilidades.

 

El proceso de empaquetado fue más que colocar objetos en cajas, fue el arte de envolver cada presente con amor y dedicación, impregnando cada regalo con la esencia misma de la Navidad: generosidad y cariño desbordante.

 

Nuestros propios hijos fueron testigos de este acto de amor. Vieron cómo esos regalos, cuidadosamente dispuestos en nuestro árbol navideño, tenían un destino especial: llevar alegría a otros pequeños que los esperarían con ilusión el 9 de diciembre.

 

El día señalado, el ambiente se llenó de risas contagiosas, bailes y cánticos. Papá Noel, con su traje rojo y su saco lleno de sueños, escuchó los anhelos de cada niño y niña, llenando la habitación con la magia de la esperanza.

 

Entre los veinticuatro afortunados que aguardaban con ansias la llegada de regalos y alegría en el Idipron, se encontraba Juan*, un niño con una mirada taciturna que revelaba un torrente de emociones que rara vez escapaban a través de una sonrisa. Siempre presente, aunque ausente en espíritu, Juan* irradiaba una tristeza que parecía haberse instalado en lo más profundo de su ser.

 

Óscar, un pilar fundamental en la labor de la Fundación Fruto Bendito, se sumergió en las historias que anidaban en cada rincón de ese lugar, escuchando atentamente los relatos de la vida en esos barrios como La Victoria, Ciudad Bolívar, Las Cruces y otros tantos. Fue entonces cuando Juan*, que no figuraba en la lista de beneficiados para esa jornada, apareció. Su presencia estaba marcada por una historia difícil: su madre, trabajadora sexual en su propio hogar, dejaba a Juan* a merced de la incertidumbre y la vulnerabilidad ante figuras masculinas que entraban y salían de sus vidas.

 

Ese día, Juan* no anhelaba estar allí, en medio de la festividad y el alboroto. Sin embargo, la bondad logró alcanzar su corazón. Un abrazo sincero, unas palabras de aliento y la interacción con el mismísimo Papá Noel fueron suficientes para transformar su semblante. Fue entonces cuando Andrés y su familia, conmovidos por la historia de Juan*, tomaron la decisión de hacerle un regalo. Andrés y su familia decidieron, de forma espontánea, buscar un regalo para Juan*, quien no estaba contemplado en la lista inicial. La emoción iluminó el rostro de Juan* cuando escuchó su nombre entre los afortunados.

 

Dos niños grandes que no estaban previstos en la lista, pero quienes han sido compañeros en esta noble labor de entregar amor a través de la fundación durante tantos años, saben bien el milagro que se despliega en cada ocasión. Siempre hay suficiente para todos. Siempre se desencadena la magia. Y en esta ocasión, la magia ocurrió nuevamente. Los regalos se multiplicaron, y cada niño y niña se marchó a casa llevando consigo la experiencia inolvidable de vivir la magia de la Navidad.

 

Una mesa repleta de delicias culinarias como la lechona y los tamales, deleitó nuestros paladares y reforzó la unión entre todos. Sin embargo, entre risas y alegría, también hubo lágrimas. Lágrimas que brotaron al conocer las historias detrás de cada pequeño rostro, recordándonos lo afortunados que somos y lo infinitamente bendecidos que nos sentimos por poder compartir amor y alegría en esta fecha especial.

 

Al final del día, nuestras almas rebosaban gratitud hacia cada persona que, con su aporte y generosidad, hizo posible este hermoso acto de solidaridad. Esta mañana de unión y amor ha quedado marcada en nuestros corazones como un recordatorio perpetuo de que la verdadera esencia de la Navidad radica en sembrar amor y compartir con quienes más lo necesitan.

 

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